Por qué enamorarte de tu historia puede hacerte tanto daño

En una ocasión una alumna de mentoría me dijo que estaba muy cansada. 

Se sentía desanimada porque por más que trabajaba un texto, 

no lograba dar con la clave para que lo pasáramos a la fase de “apto para revisión editorial”.

(Esto es algo que tiene que ver con la forma en que trabajábamos los textos en la mentoría de álbum de mi Escuela de Literatura Infantil Juvenil ELIJ).

Por su cabeza circulaban libremente pensamientos negativos del tipo:

“Aunque me esfuerzo mucho no mejoro”.

“No sirvo para esto”.

“Nunca voy a cumplir mi sueño de que una editorial me publique”.

Y otras cosas por el estilo.

 

La cuestión es que la percepción de esta alumna sobre su texto y sobre su progresión estaba distorsionada. 

No era verdad que su texto no mejorase. 

Lo hacía con cada revisión.

No era verdad que ella no consiguiera avanzar. 

Había mejorado muchísimo desde la primera clase y lo hacía cada día.

No era verdad que no sirviera para escribir literatura infantil.

Tenía imaginación y talento de sobra, solo le faltaba pulir la técnica.

Entonces, ¿dónde estaba el problema?

El problema estaba en que se había enamorado de su cuento. 

Estaba tan apegada a su historia, que se tomaba cada sugerencia y cada corrección como algo personal. 

Y esto no solo es dañino, sino que suele ser el comienzo de un bloqueo.

Una pared infranqueable que impide ver el cuento en perspectiva.

Cuando no vemos nuestro texto con la distancia suficiente, resulta difícil percibir ese punto débil que todo el mundo ve en él y nosotras no.

 

Por eso, el mejor consejo que le pude dar a esta alumna fue que se diera un respiro.

No de la escritura, eso no. 

Era importante que siguiera escribiendo, que siguiera entrenando.

Pero que le diera un respiro al cuento, como se dan un respiro los novios que están viviendo una etapa turbulenta en su apasionado romance.

Al tomar distancia, cuando pasó el tiempo suficiente, fue capaz de verlo sin apasionamiento. 

Y entonces, desde el desapego, entendió con claridad ese punto que le hacía falta para que el cuento fuera redondo y pudo corregirlo.

 

Esto ocurre muchas veces. 

Incluso a mí me ha ocurrido con algún libro.

Desapegarse de la historia, tomar distancia, leer con la cabeza fría lo que hemos escrito es imprescindible para poder tomar decisiones.

Y la decisión, incluso, puede ser la de dejar atrás lo escrito.

Soltar no es fácil, pero a veces es necesario.

De ese modo podemos emprender la escritura de otra cosa con mejor base, porque por el camino habremos aprendido mucho. 

 

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